Prosa del mundo

Augusto Serrano López

La unidad soñada

Cuando España abandona Norte, Centro y Suramérica hacia 1830, de los aproximadamente veinte millones de habitantes de tan extensos territorios, sólo tres hablaban español. Es decir,  después de tres siglos, ¡sólo una de cada ocho personas hablaba la lengua de Cervantes!  

          Durante trescientos años, los misioneros habían estado cristianizando a los nativos no en español, sino que, para ser más efectivos, habían aprendido las lenguas amerindias y desde ellas habían realizado su misión. De ahí que muchas de ellas (como el quechua o el nahua) no perecieran.

            De modo que fueron los nuevos Estados Republicanos independientes los que, para universalizar sus políticas y hacer Estado, promovieron oficialmente el español como idioma nacional, logrando así en apenas cien años que las grandes mayorías hablaran español o lo entendieran. Eso hace que hoy, a 200 años de la independencia, desde Río Grande a la Tierra del fuego, con algunas islas linguísticas, tengamos un territorio inmenso, con más de cuatrocientos millones de habitantes hablando, legislando, rezando, cantando,  discutiendo, enamorando, articulando sus ideales y deseos en la misma lengua.

            Cuatrocientos millones que hablan la misma lengua; que celebran nacimientos, se casan, entierran a sus muertos con ceremonias parecidas; tierras del maíz y del frijol, de la papa y del cacao, del quetzal y del cóndor y del más amplio y rico  mestizaje humano de la Tierra, ¿podrán algún día celebrar su unidad diferenciada para bien de todos?

            Quienes vean en intentos como el de la Cumbre de la Unidad de América Latina y del Caribe de Quintana Roo (México) sólo fantasías desbocadas por su utopismo, es que no perciben cosas tan elementales como éstas: que ni USA en el siglo XVIII, ni Europa en el siglo XX dispusieron de bases tan homogéneas y propicias como la América Latina y el Caribe de hoy para dar este salto trascendental hacia su vertebración política y económica.

            Se dirá que Valle y Bolívar ya tuvieron este sueño y quedó en sueño. Pero lo de Quintana Roo no ha sido fruto de ningún sueño, sino de una necesidad que alza el grito por los cuatro costados de Latinoamérica y del Caribe para poder conseguir grados de autonomía y bienestar dentro de este vendaval de la globalización.

            Se podría aplicar aquí aquella secuencia lógica medieval que se atribuía al mismo Dios: potuit, decuit, ergo fecit ( pudo hacerlo, convino que lo hiciera, luego lo hizo). Se puede hacer la unidad porque las condiciones comienzan a madurar, conviene hacerla, luego hagámosla.

            Y ya se sabe: que hablando (¡aún entre cuatrocientos millones!) se entiende la gente.

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