Prosa del mundo

Augusto Serrano López

el viaje a ninguna parte

Se quieren ir, pero, ¿adonde?

Los escoceses se quieren ir. Los catalanes se quieren ir. Los valones y los normandos se quieren ir. Y se quieren ir bávaros y lombardos, corsos, vascos, quebequeses, ucranianos orientales y los olanchanos de Honduras, gallegos y valencianos, por sólo nombrar a los que más ruido hacen.

Pero, ¿adónde se quieren ir?

Se quieren ir del matrimonio que los ha tenido unidos treinta, cien, doscientos, trescientos o más años y con  cuyo maridaje vivieron, guerrearon, disfrutaron y sufrieron, se pasearon por el mundo y fueron centro de recepción de pueblos y culturas, dominaron y fueron dominados y se hicieron ellos mismos lo que ahora son.

Pero se quieren ir. Se quieren divorciar.

Eso de irse para vivir mejor en otro lado ya lo conocíamos. Pensando que había mejores formas de vida en otras latitudes, conquenses se iban a Valencia para vivir mejor, pero de paso haciendo prosperar a Valencia con su trabajo, como los murcianos, los extremeños que se iban a Cataluña y se hacían una vida mejor, pero enriquecían a Cataluña o los gallegos recorriendo Castilla y enriqueciéndola  con su trabajo, como enriquecieron y se enriquecieron castellanos y gallegos yéndose para Vizcaya. Flujo ininterrumpido como el que, en grandes oleadas de gentes durante los siglos XIX y XX, tuvo lugar de España a América del Norte, a América Central y América del Sur,  con la vuelta a casa de aquellos indianos que hacían florecer industrias en Cataluña, Galicia y Asturias.

Pero esto que ahora sucede es diferente.

Es diferente porque los que dicen querer irse lo dicen en nombre de todo un pueblo (¡!) cuyos habitantes nunca antes vivieron mejor que ahora ni escoceses ni catalanes ni vascos ni normandos ni corsos ni lombardos. Nunca vivieron mejor que ahora, porque nunca antes de ahora habían tenido eso que llamamos un “espacio público” tan amplio, tan seguro y tan rico. Y, sin embargo, se entiende su enfado.

Es, pues, aquí donde debemos situar la discusión acerca del sentido de esta exigencia de divorcio. Hay que situar la discusión aquí para tratar de entender lo que sucede, en lugar de mostrar acuerdo (si) o desacuerdo (no)  desde las tripas, esto es, ofuscados por los discursos más irracionales e irresponsables que se conocen; discursos de políticos ignorantes que se inventan la historia y señalan al otro como el enemigo del que separarse, que animan a las gentes a la separación, sin aclararles los mil problemas que esto lleva consigo quizás porque ni ellos mismos lo saben.

¿Por qué ahora en pleno siglo XXI? ¿Por qué esta situación no se dio en los años previos a la gran crisis? Está claro que siempre hubo gente que se sentía tan diferente que se ahogaba viviendo entre aquellos que “venían de fuera”, como siempre hubo pseudohistoriadores que reescribieron la historia pro domo. Pero esta actual postura de “desamor” ha necesitado de todo un contexto real para que sumara tantas voluntades como se vieron el día de la Diada.

La vida se ha hecho muy difícil para las grandes mayorías que, hasta hace muy pocos años, creían haber resuelto sus problemas fundamentales: el acceso al trabajo, el acceso a los medios de vida, el acceso a la educación, el acceso a la salud, el acceso a la seguridad, el acceso a la protección por desempleo o por vejez. Esas relaciones que constituyen lo que vamos a llamar el “espacio público” que no hay que identificar ni con el Estado ni con un sector de la economía, pues va mucho más allá.

Es el lugar que ya no es ni “mío” ni “tuyo”, sino  “nuestro”, el de todos por igual. Es ahí donde cabe hablar de “nosotros” en su sentido más universal, porque ahí entramos no sólo quienes lo hicimos, sino también  todo aquél que llegue. Hablamos, pues, del espacio que, si bien es de todos, le es primordial y fundamental a las mayorías y no tanto a las minorías acaudaladas. Las grandes mayorías que, en todo el mundo, en todos los países de la Tierra son las clases medias y, de ahí para bajo, los menos favorecidos. Ese Espacio Público que, desde hace pocos años, gobiernos de tendencia neoliberal están desmontando, incluidos aquellos gobiernos que lideran el divorcio.

Eso es lo que habría que reivindicar con todo tipo de presiones.

¡Asalariados de Escocia y Cataluña: os están engañando!

El ruido de himnos y banderas oculta lo que en estos precisos momentos  os están robando: os están expropiando  lo que es de todos, el espacio público que es, en última instancia, el ámbito de bienestar y seguridad por lo que creéis luchar y por lo que aparentemente os enroláis en las filas de los separatistas. Quienes lideran estas separaciones no necesitan como vosotros del espacio público, aunque también es de ellos, porque disponen de amplios espacios privados autosuficientes: los que se han construido precisamente a costa de robarle a lo público. Estamos viviendo el robo más descomunal de la historia humana. Por billones se cuentan ya los depósitos de esa minoría de multimillonarios que no deja de crecer en la medida en que decrece nuestro espacio vital. ¡Hoy salía la noticia de que la suma de dinero de los pocos más ricos de la Tierra es superior al PIB de todas las naciones del continente africano! Son los ladrones que cuentan la riqueza del mundo por el PIB mundial, que sólo hay uno y que, como único pastel a repartir, se lo quedan casi en su totalidad.  Esta crisis está desmoronando a un ritmo que asusta lo que habíamos construido con tanto esfuerzo. El neoliberalismo es, por ello, una de las ideologías más criminales  que hayamos conocido. Como sugería F. Hinkelammert, ha aprendido a deshacerse de la gente, no los mata, simplemente los deja morir. Por realizar sus ideas se sacrifican pueblos enteros y se anulan vidas personales por millones: son los millones de parados, los enfermos dejados de la mano de los servicios públicos por causa  de los recortes, los ancianos a los que no les llega la renta, los niños que van a la escuela sin haber satisfecho el hambre, los jóvenes desesperados porque no encuentran lugar en estas sociedades de la austeridad, incluso los empleados con salarios de miseria y con subempleos, los excluidos, estorbos del sistema que sólo los ve como amenaza.

Y son muchos. Decía el poeta Roberto Sosa: “los pobres son muchos y por eso es imposible olvidarlos”. Los que dependen de ese lugar donde la riqueza social se debe distribuir, el espacio público, son las grandes mayorías de la Tierra. Son el plural al que se refiere el “nosotros”. Pero no es un plural particular, sino universal, porque “lo nuestro” es, para comenzar, la Tierra y su suerte y, para seguir,  “lo nuestro” es también  ese inmenso arsenal de  riqueza  producida por las manos trabajadoras de todo el mundo y es, no se olvide, “lo nuestro”  la suerte que tendrán también “los que se quedan”, esos miles de personas que no se quieren ir.

Porque  se entiende y es legítima  la actitud de  un pueblo que pone  entre la espada y la pared a un Gobierno desalmado que destroza lo público y se apropia de sus logros diciéndole  que, si no cambia de política “nos vamos”,  con tal de que, al exigirlo, se haga también para y por “los demás que se quedan”: la legitimidad surge cuando  el grito de divorcio incluye a todos los que sufren las mismas condiciones de expropiación y exclusión.

Por eso, cuando los catalanes piden otro derrotero, deberían pedirlo para todos los españoles y todos los europeos, pues es la política europea en general la que está poniéndonos en esta frontera. De no hacerlo, “lo nuestro” del  catalán se convierte en “lo mío catalán”, pues abandona en el camino a los demás.

El gobierno inglés, presionado por el caso escocés se ha visto obligado a acceder a las demandas de los escoceses para que no se vayan de la Unión, pero los mismos escoceses han celebrado que esas concesiones  las disfruten también los galeses, los irlandeses del norte y los mismos ingleses.

Los escoceses están logrando con su acción que el gobierno británico cambie de rumbo y camine de hecho hacia un sistema federal que le confiere a todos mayor autonomía.

¿Dónde está ese detalle de solidaridad catalana con las demás autonomías de España que sufren tanto o más que los catalanes la  desalmada política del actual gobierno español? ¿Por qué no luchan para cambiar la Constitución española y sus efectos en lugar de irse por la tangente?

¿Por qué no luchar por la patria en la que todavía nadie estuvo; esa patria construida por medio del diálogo y el consenso con  reglas de convivencia nuevas, bandera nueva que no incordie a nadie, himno nuevo que todos juntos podamos cantar, y nuevos planes de futuro en paz y libertad?

¿Tan difícil es?

Anuncios

28 septiembre 2014 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario