Prosa del mundo

Augusto Serrano López

CRISIS

El  joven alemán que se despedía para alistarse a los ejércitos en 1620 no le decía a su madre que se iba para la Guerra de los Treinta Años. Tampoco se le puso número a la Gran Guerra de 1914 hasta que llegó la Segunda y aún mayor Guerra Mundial de 1939. Menos aún supieron los habitantes de los siglos X y XI  que ellos eran gentes de la Edad Media. La nomenclatura de las cosas, como ya se vio en el Génesis, viene siempre después de que las cosas han estallado. Y se nombran después o lo hacen los descendientes, como toma de conciencia retardada de que algo nuevo había  sucedido. ¿Será porque los que están en el ojo del huracán ni lo notan? A lo mejor por eso decían los griegos que el ave de Minerva levanta el vuelo al atardecer, cuando las cosas ya han madurado.

Desde hace ya al menos treinta años, en esta Tierra se vienen dando situaciones y están apareciendo aspectos de todo tipo en cierto sentido inéditos por su naturaleza, por su contenido,  por su intensidad y por  su sentido. Parecen diversos y  desconectados entre sí. Algunos de tal envergadura que además de imprevistos resultan incomprensibles y, por su novedad, desconcertantes, pues no se conocen fórmulas para entenderlos, cuanto menos para dominarlos.

Pero han surgido simultáneamente formas nuevas del pensamiento y de la conciencia social, como si aquellos nuevos fenómenos las hubiesen traído consigo. Así, entre otras,  la conciencia del límite ( sabemos ya que vivimos en un mundo de recursos limitados), la conciencia de la relatividad ( entendida como relacionalidad de todo con todo), la conciencia de la contingencia ( porque tenemos la experiencia de que lo diferente de lo que hay sigue siendo posible), la conciencia de la complejidad ( como advertencia de que la verdad no está en lo simple, sino en el plexo de las relaciones) y la conciencia de la composibilidad  ( es decir, la certeza de que lo posible sólo lo es, si es posible junto a otros posibles) que han calado socialmente  hasta el punto de haberse precipitado en modos de articulación popular como por ejemplo la del “efecto mariposa” o la de la “sostenibilidad”. Formas de la conciencia que quizás nos permitan reflexionar sobre el tiempo presente de forma anticipada, sin tener que esperar otro tiempo venidero para ponerle nombre al nuestro.

Y se me ocurre que, si tomamos en serio alguna de estas nuevas ideas y las aplicamos a lo que ahora percibimos todavía de forma más o menos desarticulada, podríamos llegar a una visión algo diferente de nuestra real situación.

Así, concebir la realidad desde el punto de vista de la complejidad y de la relatividad nos exigiría integrar los más diferentes aspectos de la totalidad de la vida y verlos como detalles, manifestaciones de un movimiento unitario de una fortaleza sorprendente donde cada aspecto está de tal manera relacionado con los otros que resulta no sólo improcedente por no decir imposible querer dar cuenta y razón de alguno de ellos por separado.

Si todo repercute en todo, si fuese cierto- y no tiene por qué no serlo- que abstraído del resto de la red de relaciones cualquier evento resulta inexplicable, entonces hemos de comenzar a reconstruir mental y conceptualmente el tejido general en que la vida de nuestros días se desenvuelve. Hemos de poner en relación, ¡porque suponemos que lo están!, fenómenos que aparentemente y debido a una tradición científica separadora y empobrecedora  poco o nada tendrían  que ver entre sí. Valga de muestra el hecho de que se haya querido tratar científicamente la relación económica, la dimensión económica de los seres humanos, como si ella nada tuviera que ver con la Tierra, ¡nada menos que el único lugar que nos provee de todo lo que la economía necesita para existir!; ni con la política, ¡cual si lo económico lo realizaran seres extraterrestres!

Posiblemente nos sorprenda entonces la evidencia de que estamos no tanto ante fenómenos de un modo de vida conocido  desde hace un par de siglos que surgen normalmente de vez en cuando y nos son familiares (por ejemplo, las idas y venidas de las crisis económicas según ciclos ya protocolados), sino que estamos sentados en una ola inmensa, en el ojo de un huracán y, por tanto en una enorme CRISIS, de un tiempo nuevo, de una nueva etapa no sólo de Europa o del llamado Mundo Moderno, sino de la humanidad. Lo que está sucediendo, por vez primera en la historia y aunque de manera diferente, nos afecta a todos.

Este pensamiento no tiene nada de apocalíptico, sino todo lo contrario: nos dice que estamos ante un nuevo reto para el que hemos de inventar nuevas soluciones y, a la vez, estamos ante nuevas oportunidades y desafíos para las que deberíamos sentirnos como sus adelantados, pues están llamando hacia un mundo diferente.

La crisis actual lo es y de forma radical: es una crisis no sólo de la producción ( la economía real entra en recesión y genera altísimas cuotas de desempleo), es también y simultáneamente financiera (se han generado burbujas tan enormes que las cifras resultan inmanejables), ecológica ( el calentamiento global amenaza con nuestra supervivencia), política ( se desvanecen las fronteras de los Estados Nacionales sin que aparezca algo que las pueda sustituir), social (los sistemas de cobertura social en muchos países peligran de cara a un futuro próximo y la población mundial no deja de crecer exponencialmente), ideológica ( se tambalean los sistemas de ideas hasta ayer más consistentes), religiosa (los fundamentalismos están generando situaciones de miedo  y terror a nivel planetario y de unas formas de violencia para las que  no parece haber respuesta) y cultural ( el adocenamiento de símbolos, gustos e imaginarios que las redes de comunicación ha llevado hasta los últimos rincones del planeta y se han convertido en modas y costumbres de una potencia sorprendente).

Todas estas dimensiones no sólo suceden simultáneamente, sino que suceden en tan estrecha e interdependiente relación que constituyen un todo de enorme extensión e intensidad; un vendaval de tal violencia y velocidad que apenas nos deja tiempo para pensarlo y, por el momento, menos tiempo aún para dominarlo.

Estamos cruzando una frontera. Estamos viviendo un presente que anuncia ya lo nuevo; un presente  preñado de lo que vendrá o, mejor dicho, de lo que ya está viniendo, aunque creamos seguir en la casa paterna que nos vio nacer. Está naciendo un nuevo tiempo y oímos los dolores del parto, sentimos que la vieja camisa se nos ha quedado corta, que las palabras que articulaba el sano sentido común  apenas si nos permiten pobres balbuceos ante lo que se nos viene encima, porque ese discurso tradicional – incluido el de las ciencias sancionadas por los centros del saber- versaba sobre un mundo separado por fronteras, dividido en categorías, individualizado por castas, parcelado en mil pequeños estancos.

No hay que esperar más para dar el salto hacia el pensamiento integral e integrado de la complejidad. Pensamiento que, llevado hasta sus últimas consecuencias, nos llevará también y de forma muy coherente a la exigencia de justicia social, a la exigencia de la recreación del ser humano con la naturaleza y, en fin, a la necesidad del uso continuo de la prudencia y de la tolerancia, si es que queremos seguir viviendo, teniendo como guía la garantía de la reproducción de las condiciones de vida digna de todos los seres humanos.

 

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22 marzo 2012 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario