Prosa del mundo

Augusto Serrano López

el grito de la gente

EL GRITO DE LA GENTE

Para ser sujeto efectivo me han de constituir y adornar los predicados humanos específicos fundamentales: el de ser un ser político generador de relaciones ciudadanas,  un ser que participa en la producción de la riqueza social,  un ser que disfruta de la riqueza social,  un ser que se comunica con los demás, que duda, discute, delibera y con los demás decide. Ser, en fin, centro generador de relaciones humanas constituyentes.            Pero aún no lo soy, aunque me asisten por nacimiento todos los derechos para ser sujeto. Por eso mismo, lo que no es porque aún no lo es efectivamente pero que está ya existiendo como posibilidad real, como potencial reprimido, se hace oír como el grito del sujeto que revienta críticamente por todas las grietas del sistema dominante, de lo que es,  y sitúa las cosas, las formas y las instituciones en su verdadero lugar, exhibiendo su verdadero sentido, su alcance y sus límites.

Estos días contemplamos con asombro y esperanza las multitudinarias manifestaciones en las plazas de Túnez, de Yemen, de Argel, de Egipto, de Libia, de Siria.

Aunque parezcan muy diferentes, son de la misma profunda matriz que las manifestaciones de años atrás  en Leipzig, en Tiannamen, en Bolivia o en en el Tibet.

Bajo todas ellas corre subterráneamente un sentimiento de hartazgo y vienen animadas por un ansia de paz, dicen unos, de libertad, dicen otros, de democracia, dicen los de más allá, pero, si se las mira más de cerca, responden todas ellas, bien que expresado de diferentes maneras, a una exigencia de justicia radical.

En cada una de estas ocasiones, se ha llegado a generar la conciencia de que el todo, lo que debe ser común a todos, ha sido secuestrado y prostituido por unos pocos, sea por el partido político en el poder, sea por la familia del sátrapa, por la nomenclatura o por el alto clero fundamentalista. Se ha roto la igualdad y sólo algunos disfrutan sin repartirla con los demás de la libertad, de la riqueza y del bienestar.

Se ha roto la justicia y, como diría Platón, si se rompe la justicia, se rompe la ciudad, se rompe el Estado. Y, por romperse, se rompe el sentido de las cosas y hasta se rompe y se corrompe el sentido de las palabras.

La respuesta del poder, que es precisamente el  rompedor de la justicia y generador del máximo desorden que se pueda pensar,  es la de acabar de inmediato y con todo rigor con los “desórdenes”. Porque así ve la manifestación popular el tirano: como “revuelta del populacho”, como movimiento irracional, como atentado contra las instituciones y, en fin, contra el ORDEN con mayúscula.

Ese poder logrado por el secuestro de lo que es común no entiende por qué se pueden juntar gritando al unísono en la plaza pública el estudiante y el obrero, el tendero y el médico, el pintor y el cineasta, el ama de casa y la modelo, la prostituta y el cura de barrio, el camionero y la enfermera. Todos ellos están hartos de ver y padecer la desigualdad: hartos de ver cómo aquél se apropia de bienes comunes, cómo el otro hace y deshace a su antojo, otro se ríe de los jueces porque puede pagar, uno más derrocha bienes del Estado descaradamente,  mientras la multitud soporta los impuestos y las cargas sociales, genera la riqueza que no va a disfrutar jamás y se contrae a ver los frutos de su trabajo al otro lado de los lujosos escaparates o contempla en Televisión la lujosa boda de la hija del gran jefe, por no hablar de lo que lee y ve en las revistas del corazón sobre las mansiones de los de arriba, las listas de los multimillonarios y los caprichos del hijo de papá que salta de un yate a otro y de un paraíso tropical a los suntuosos casinos del mundo.

Es la rabia de saberse robado, de saber con certeza que se está viviendo en el desorden institucionalizado y, por ello mismo, casi imposible de atacar con éxito como no sea echándose a la calle y ahogando por multitud las posibles respuestas de quienes mandan. No hay palabra que mejor y con mayor extensión y profundidad cubra lo que anima y da cohesión a estas manifestaciones populares en la plaza grande que la de JUSTICIA.

La gente, así, genéricamente, como expresión de lo más humano del género humano, quiere igualdad de oportunidades (justicia), quiere acceso a la salud (justicia), al trabajo (justicia), a la educación (justicia), al tiempo libre (justicia), a la seguridad (justicia), a la información (justicia), a la toma de decisiones (justicia), al control de la gestión pública (justicia), a un sistema impositivo proporcional (justicia), a un sistema judicial riguroso (justicia), quiere todo eso y mucho más y lo grita de mil maneras en la plaza despertando de su sueño a los secuestradores del Estado y de la ciudad.

Cuando después de tres semanas de toma de la gran plaza de El Cairo contemplamos a los sufridos ciudadanos limpiando espontáneamente los grafitti, recomponiendo los desperfectos del asfalto y recogiendo en bolsas los desperdicios, creemos otra vez que por esa plaza ha vuelto a asomarse lo más preciado que tenemos los seres humanos, lo que nos hace específicamente humanos, el lado político aún no prostituido, el que se cimenta en lo que es común a todos por igual, la justicia. Quizás sea ese el momento en el que dos personas juntas en la plaza gritando por la realización de la justicia puedan llegar a sentirse hermanas y puedan llegar a creer en la posibilidad de la libertad, porque sin justicia social no hay ni ciudad ni libertad.

 

26 marzo 2011 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario