Prosa del mundo

Augusto Serrano López

el asombro

                                                                                           Dijo Dios: “Brote la Nada”.

                                                                                           Y alzó su mano derecha

                                                                                            hasta ocultar su mirada.

                                                                                            Y quedó la Nada hecha.

                                                                                                           (Antonio Machado)

Que estemos ahí, eso es lo místico, dice Wittgenstein: “no es lo místico cómo sea el mundo, sino que el mundo sea”. Pero añade: “hay, por cierto, lo indecible. Es lo que se muestra, es lo místico”.

¿Será éste el primer paso, el arranque del filosofar? Porque ver esto, darse cuenta de que estamos ahí, de que el mundo es, no deja de ser asombroso y hasta posiblemente estremecedor y amenazante.

Aristóteles nos dijo que es el asombro el inicio de la Filosofía: nos asombramos de estar ahí y nos asombramos de que haya lo que hay y cuanto hay: “Fue el asombro lo que inicialmente empujó a los hombres a filosofar. De entre aquellas cosas que admiraban y de las que no sabían darse razón, se aplicaron primero a las que estaban más a su alcance…Como hemos dicho, todas las ciencias parten de una admiración inicial, preguntándose si realmente una cosa cualquiera  sucede tal como aparece, como, por ejemplo, entre las cosas prodigiosas que se nos ofrecen espontáneamente a nuestros ojos …porque nada causaría más asombro a un geómetra que el ver que la relación del diámetro a la circunferencia resultaba conmensurable” (Aristóteles: Metafísica 982a – 982b).

 Pues bien, como si ya no tuviésemos más remedio que seguir ahí viviendo, habiendo experimentado multitud de peripecias y con la memoria de la experiencia de las innumerables generaciones que nos precedieron que nos han dicho lo que son las cosas y lo que de ellas podemos esperar, surge la pregunta rompedora, la que va a encender las teorías, las hipótesis de las ciencias: ¿por qué son las cosas así y no de otra manera?

Quizás no haya posibilidad de ciencia para contestar a la primera cuestión, si es que acaso que el mundo sea es cuestión. Y, por ello, no sea esto  racionalizable, sino el momento místico, la vivencia tremenda por la que, recogidos sobre nosotros, nos vemos ya en el mundo, como arrojados a él y teniendo que ver cómo nos las apañamos. Es la conciencia que se despierta y ya no nos deja en paz.

Pero el susto, el asombro de encontrarnos ahí, in medias res, lejos de ser paralizante, ha debido de ser el detonante común, el tuyo, el mío, el nuestro para que nos preguntemos, ahora sí, en primera persona de plural, por qué son las cosas así y no de otra manera, a lo que el sentido común, conservador por naturaleza, ha debido de contestar muchas veces con aquello de que el mundo es como es y no hay por qué darle más vueltas.

Es entonces cuando el ser humano, quizás descontento con las relaciones naturales y sociales que le toca vivir, supera el asombro y el sentido común conservador porque le gustaría que el mundo fuese de otra manera y agudiza la pregunta: ¿quién ha dicho que tengan que ser las cosas así, si podrían ser de otra manera?

Comienza, entonces, la búsqueda de las razones de lo que hay y de lo que sucede.

Hay tantas relaciones que se repiten tozudamente que llaman la atención por su consistencia y su reiteración. ¿Por qué son así? ¿Habrá algún orden, alguna ley a la que obedezcan? Y, en última instancia, ¿cómo deben de estar formadas las leyes naturales, si es que las hay, para que la naturaleza se comporte como vemos que lo hace y no se comporte de otras maneras que también  podríamos imaginar? ¿Por qué no hay modo de construir una máquina de movimiento perpetuo? Todo lo que hacemos, con el tiempo se desgasta, se desmorona y perece. ¿Cómo deben de ser las leyes a que obedecen los fenómenos físicos para que sea imposible la construcción de un perpetuum mobile, pregunta A. Einstein? ¿Por qué no todos los seres vivos superviven a cambios climáticos radicales pregunta Ch. Darwin? ¿Por qué las diferencias en las culturas humanas pregunta G. Childe? ¿Por qué la competencia lingüística de un analfabeto puede ser la misma que la de un académico se pregunta N. Chomsky? ¿Cuál es la ley que preside el movimiento de la economía moderna se pregunta C. Marx?

Cada pregunta resulta rompedora y, en casos conocidos, ha encendido nada menos que alguna ciencia particular para dar cuenta y razón de la pregunta. Preguntas como las de Arquímedes, Herón,  G. Galilei, I. Newton o A. Einstein que dieron lugar a la Ciencia Física. Cuestiones acerca de la vida como las de G. W. Leibniz, Ch. Darwin, G. J. Mendel que generaron la Biología. Interrogantes desde Aristóteles, G. Childe, M. Harris o C. L. Strauss sobre la naturaleza humana dando nacimiento a la Antropología. Preguntas como las de L. Hervás y Panduro, W. Humboldt, R. Jacobson, N. S. Trubetzkoy, F. Saussure o N. Chomsky sobre el lenguaje humano para alumbrar la Lingüística. Y la búsqueda de razones económicas  por T. de Mercado, Cellorigo, W. Petty, Quesnay, A. Smith, D. Ricardo, C. Marx  o J. M. Keynes que culminaron con la puesta en marcha de la Ciencia Económica.

Es la historia de la andadura humana. La historia inagotable de las preguntas y la historia de la búsqueda ininterrumpida de respuestas para dar cuenta y razón de la red de relaciones en que nos encontramos.

Curiosamente, ninguna ciencia ha aparecido para dar cuenta y razón del primer susto: eso de “saberse” aquí en el mundo. Y, ¿cómo preguntar con sentido por qué está el mundo ahí, si la toma de conciencia de que el mundo es no tiene estructura de pregunta, sino de encuentro, de descubrimiento, de visión rotunda, de estremecimiento?

La pregunta que, desde esta experiencia original, podría gestarse es más bien trascendental, en la medida en que, si bien la pregunta se hace desde este mundo y la hace un ser de este mundo, sin embargo no tiene respuesta intramundana, pues sobrepasa al mundo mismo: “Pourquoy il y a plustôt quelque chose que rien? Car le rien est plus simple et plus facile que quelque chose” (¿Por qué hay más bien algo que nada?, dado que es más simple y más fácil la nada que cualquier cosa) ( G. W. Leibniz: G.phil.VI, pág. 602)

Curioso: se dice fácilmente que la nada es más fácil que el ser o, dicho de otra manera, que es más fácil pensar que nada es a pensar que hay algo y no nos percatamos que, al hablar así, le estamos dando a la nada un artículo determinado y una sustantividad decisiva. Decimos ser más fácil la nada que el ser, como si la nada fuese “tan poca cosa” que ni preguntas generara, pero ni ha sido ese el caso a través de la historia ni tiene por qué serlo nunca, pues basta nombrar la nada para que adquiera existencia hasta llegar a producir obras literarias y filosóficas como aquella de J. P. Sartre sobre El Ser y la Nada. Por no olvidar las referencias continuas que se ven obligados a hacer cuantos sugieren actos creadores de la nada o desde la nada, creyendo que lo que dicen tiene algún sentido. Por más que lo intenten, la nada aparece siempre como lo otro del ser, como su sombra y, a veces, como su matriz generadora, ¡que ya es decir! ¿Será esto lo que quería decir Lao Tse?: “Es sólo en el Vacío donde se halla lo que es verdaderamente esencial…Es el Vacío que hay en el interior de las vasijas lo que hace que las vasijas puedan utilizarse…Por eso, el Ser es de utilidad, pero es el No-Ser lo que hace que el ser pueda utilizarse”.

La nada, otro asunto que nos asombra, tanto como nos asombra que el mundo sea y que, por ello, quizás sea también una expresión de lo místico, ¿de lo indecible? ¿Acaso lo que estamos diciendo es como no decir nada?

Solemos ir a la búsqueda de la nada vaciando poco a poco el cajón de sastre en el que vemos recogidas todas las cosas y tratando, al final, de deshacernos también del cajón para lograr el vacío total, la nada absoluta alrededor de nosotros. Pero resulta que ahí estamos nosotros como último estorbo negando la nada absoluta, la nada de verdad, porque el que piensa no puede pensar la nada eliminándose a sí mismo y dejando de pensar, aunque sería en ese preciso momento y no antes cuando la nada sería nada.

Es el asombro que corre por el espinazo de los mitos y aparece y reaparece en multitud de culturas cuando buscan sus orígenes. Me quedo con las palabras de Lao Tsé: “Hay algo misterioso y solitario que fue antes del Cielo y la Tierra. Es inmutable e Inaprensible. Es la unidad y el vacío. Recorre un Círculo  eternamente  y es inagotable, por lo que se le puede llamar ‘la madre de todas las cosas’. Yo no sé su nombre, pero hago un esfuerzo y le llamo Tao”.

¿….? ¡…!

27 octubre 2010 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario