Prosa del mundo

Augusto Serrano López

pensar

¿Piensan también otros seres vivos de esta Tierra? Y, si piensan, ¿pensarán del mundo como pensamos nosotros? No lo sabemos y quizás nunca lo sepamos.

Pero pensar es sobrepasar. Denken heisst überschreiten nos dijo E. Bloch, es transgredir, es “ir más allá”, pero es ir más allá, ¿de qué?

Desde el momento en que por el pensamiento podemos ir reversiblemente al pasado y recorrer el espacio sin traba alguna y a mayor velocidad que la de la luz (algo “sobrenatural”, si hemos de dar por cierta la afirmación de Einstein de que nada discurre en este universo a más velocidad que la de la luz), desde ese momento estamos yendo más allá de la mera y material corporeidad, ¡la estamos trascendiendo!

Lo curioso y paradójico es que ese pensar es un pensar del cuerpo y desde el cuerpo y, por ende, también algo corporal y, de alguna manera, material. Sólo piensan los vivos. Y, a la vez, es como si no fuese del cuerpo, pues logra a veces discurrir sin permiso del cuerpo, como si tuviera vida propia y nos causa trastornos y pesadillas que en nada deseamos. Es o puede ser muy rebelde: “En el saber se hallan reunidas muchas cosas que los reyes con todos sus tesoros no pueden comprar, sobre las cuales su autoridad no pesa, de las que sus informantes no pueden darles noticias y hacia cuyas tierras de origen sus navegantes y descubridores no pueden enderezar curso. El pensamiento es el siervo a quien el señor no puede detener  según su placer” (Francis Bacon).

Es por el pensamiento que nosotros, seres humanos, tenemos la experiencia anticipada de la muerte. Y, por el pensamiento, sabemos ya que nuestra especie homo sapiens y la Tierra donde vivimos y el sistema solar cambiarán un día de forma y perecerán tal como son hoy.

Por el pensamiento recorremos hacia atrás en el tiempo reversiblemente (y no sabemos de otra dimensión de este universo que pueda hacer lo mismo) y por el pensamiento podemos anticipar futuros ciertos y otros diversos futuros posibles, dándole así a nuestra existencia corporal e histórica una dimensión hacia atrás y hacia delante de increíble extensión y profundidad.

El pensamiento nos ancla en el mundo y nos permite ver el lugar que ocupamos en la extensa red del universo.

¿Seremos los únicos seres de este mundo que piensan de estas maneras?

Pero, ¿qué es, en realidad, pensar?

Creo que es un acto reflexivo por el que “nos damos cuenta”, esto es, nos rendimos cuenta a nosotros mismos acerca de los más diversos asuntos de este mundo. Aunque quizás sea más apropiado decir no tanto que “nos rendimos cuenta”, cuanto que intentamos rendirnos cuenta, porque no siempre lo logramos. En todo caso, pensar es, al menos, ese intentar, aunque no siempre se consiga. Cuando se consigue redondear este “darnos cuenta”, diríamos que “nos damos cuenta y razón” de algo, porque darnos cuenta o intentarlo sucede siempre, pero darnos además razón de ello es otro cantar.

“Darse cuenta de” decimos tan de pasada que quizás olvidemos el reflexivo “se” que acompaña siempre este decir. Porque, antes de rendir cuenta a otros, el sujeto que piensa ha de haberse rendido cuenta a sí mismo, esto es, el pensamiento ha de haber realizado este bucle que se nutre de interioridad para salir a la exterioridad y comunicarse.

La comunicación humana no deja de ser esa rendición de cuentas que mutuamente nos debemos los unos a los otros.

Si pensar fuese algo parecido a lo que venimos diciendo, a lo mejor no estaba tan desacertado Descartes cuando decía “pienso, luego existo”.

Al gran pensador francés se le ha criticado desde multitud de posturas y, casi todas ellas, venían a decir que del simple pensar no cabe deducir la existencia: “Yo pienso, luego existo, se sabe que fue declarado por Descartes como una de las primeras verdades… Sin embargo, yo no sólo soy consciente de mí como el sujeto que piensa, sino que también soy consciente de los pensamientos que pienso y tan verdadero y cierto como que yo pienso es que esto o aquello es pensado por mí. Y así las verdades de hecho primitivas se puede reducir sin dificultad a estas dos: “YO PIENSO” y      “MUCHAS SON LAS COSAS PENSADAS POR MI”, de donde se deriva no sólo que yo existo, sino también que yo estoy determinado multidimensionalmente” (G. W. Leibniz: GP.IV, 357).

Pero pensamos y pensamos que pensamos. Pensamos sobre el pensamiento y sobre lo que el pensamiento pueda ser. Y Descartes bien pudo decir que, si pensamos en el sentido de “darnos cuenta de”, entonces no hay más remedio que aceptar que existimos, que existimos de alguna manera, que estamos ahí al menos pensando que pensamos y esa sería una de las posibles formas de existencia, porque sólo puede pensar quien existe.

¿Haría falta rizar el rizo y llegar a decir con muchos de los intérpretes del francés que, en realidad la certeza vendría del “dudar”, que es una de las tantas formas del pensamiento? Dudo de todo, pero hay una cosa de la que no puedo dudar: no puedo dudar de que estoy dudando y, como dudar es pensar, ergo…

No dice Descartes que la existencia dependa del pensamiento. Sólo afirma que hay un ser que tiene la certeza de estar existiendo, esto es, que, en tanto piensa, se está rindiendo cuenta a sí mismo y, por eso, se está dando cuenta de que está existiendo: que está en el mundo, que está ahí. De donde ahora cabría preguntar: ¿Sabrán todos los seres vivos de este planeta que existen? ¿Podrán darse cuenta a sí mismos de esa realidad? Y, si no se diera el caso, ¿qué forma de vida sería aquella que no es capaz de rendirse a sí misma cuenta de su existencia? Es decir que el árbol estaría ahí, pero no lo sabe; que la mariposa estaría ahí, pero sin saberlo; que tampoco lo sabe el gorila ni lo sabe el delfín ni nuestro más fiel compañero, el perro. Pero, si no saben de su existencia, porque no se rinden cuenta de la misma, esto es, porque no piensan, entonces tampoco pueden tener conciencia anticipada de la muerte. La muerte es parte de la existencia concreta de los seres vivos y tener conciencia de la existencia por el pensamiento, incluye la conciencia del límite de la misma.

Querer reducir el pensamiento a sólo interconexiones entre las neuronas del cerebro y aunque de eso también se trate al pensar, exigiría generalizar el pensamiento a todos los seres con cerebro, desde el mosquito y la ballena al ser humano. Lo que ya no estaría tan claro y se debería poder precisar es si llamaremos “pensar” a toda conexión sináptica – que, con seguridad, han de tener todos los animales- y, ante todo, si vamos a seguir llamando pensamiento sólo a la actividad cerebral que consista en “rendir cuenta de” las relaciones con el mundo. Volvemos a decir: no precisamente a “dar cuenta y razón de”, que eso sería un nivel máximo de pensamiento, sino al menos complejo (¡pero nuca simple!) proceso cerebral de “darse cuenta de”.

Estar ahí sin saberlo. Existir, sin darse cuenta de ello. Pasar por el mundo “sin más”. ¿Será tanto como pasar por el mundo sin “más allá”? Si así fuese, entonces pensar sí sería  überschreiten, ir más allá, transgredir, pasar un límite, generar otra dimensión, en fin, trascender.

Si sólo el ser humano tuviese esta cualidad del pensamiento, diríamos que al universo le nació un día no muy lejano una dimensión que, siendo parte del universo mismo, no deja de serle extraña y aún contradictoria, porque no parece estar sometida como todo lo demás a sus leyes más universales. Pensar sería, como parece ser por todo lo que nos dicen desde las Neurociencias, efectivamente una operación del cerebro (¿sólo del cerebro?), órgano éste que, como también se sabe, está sometido a la Entropía y, por ello, es perecedero y con el tiempo se desvanece. Hay gente que usa, como sinónimo de pensar, el término “cranear”. Pero he aquí que ese mismo cerebro entrópico y perecedero, mientras está vivo,  produce, genera el pensar que ya no se deja gobernar por aquella legalidad de la entropía ni por otras leyes físicas, pues ni la temporalidad ni la especialidad le imponen restricciones al discurrir por ellas a capricho, yendo y viendo en el tiempo como si fuese eterno, pues logra ir hasta los orígenes del universo, fecha mucho anterior al momento en el que presumiblemente apareciera ese cerebro sobre las sabanas de África como cualidad emergente de un  ser bípedo y erguido que oteaba horizontes extraños. Y logra anticipar el futuro y, en cierto modo, poseerlo por adelantado deslizándose por las amplias llanuras de la proyección, de la predicción y de la fantasía.

        ¡Qué cosas más sorprendentes tiene este mundo!, pienso yo y no dejo de darle al pensamiento, porque me doy cuenta de que esto no acaba aquí. Hay que seguir y seguir pensando, hasta darle cima al pensamiento como quería Miguel Hernández: “dale al aspa molino, hasta que se haga trigo; dale al monte lucero, hasta que se haga cielo; dale que dale” que dale…hasta la eternidad.

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2 agosto 2010 - Posted by | Uncategorized |

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