Prosa del mundo

Augusto Serrano López

oposición

Si no fuese porque el asunto da lástima, tristeza y un cierto nivel de rabia, diríamos que hablar de “tradición parlamentaria española” da risa. Nuestra historia política ha tenido tan pocos y breves espacios reales de parlamentarismo que cabría escribirlos en muy pocas páginas y no todas brillantes.

Conocí a un diplomático español en el extranjero que el día que Felipe González ganaba sus primeras elecciones brindaba, siendo él de derechas,  junto a unos cuarenta españoles por el éxito de los socialistas y decía al levantar su copa: “brindo por los socialistas, que ya es hora de que la izquierda pruebe que sabe hacer política, porque la derecha viene gobernándonos desde Chindasvinto”.

Esa realidad antipolítica, destructora de ciudadanía, tan larga y tozuda es la única que podemos traer a colación los españoles para hablar de tradición política. La parlamentaria casi la estamos inventando desde hace apenas treinta años. Y no parece que con mucho éxito, porque el pueblo español, que se pasó tantos años privado de libertades y añorando la madurez política y la participación plena en los asuntos de la vida pública, apenas  en tres décadas parece haber perdido la confianza en su estrenado parlamentarismo y en las formaciones políticas que le dan vida.

Aunque, en fin, ya tenemos una Constitución democrática y unas leyes y reglamentos que, teóricamente, permitirían discurrir por la vida con ciertas garantías de libertad y convivencia pacífica y, de hecho y en buena parte, lo están consiguiendo.

Pero no me puedo acostumbrar a lo que la llamada Oposición está haciendo porque lo creo impropio de la vida política, cuando ésta se entiende como el proceso social  que genera ciudadanía y enriquece el ámbito de lo común, lo que es de todos.

Por eso me he puesto a releer la Constitución y otras normas legales tratando de buscar algún fundamento para la práctica política que estamos viviendo en nuestros días. El término que más he buscado es uno de los más usados y abusados de hoy, el término “oposición” aplicado a la o las formaciones políticas que conforman el Congreso de los Diputados pero que no ganaron las elecciones. Yo creía poder encontrarlo en la Constitución, pero ahí el concepto que apenas aparece dos o tres veces, significa lo que no me esperaba: es la oposición que el Gobierno o alguna de las Cámaras puede hacer como Cámara o como Gobierno a alguna ley, o propuesta, etc. Porque lo que se dice de lo que los grupos parlamentarios en las Cámaras deben hacer frente al Gobierno no es oponerse a él, sino controlarlo, que es algo muy diferente. Y me dije, será que esto se aclara en el Reglamento de las Cámaras y veo que en el   Reglamento del Congreso de los Diputados la palabra “oposición” como organización no existe. Lo que aparece en ese Reglamento, además del Gobierno, con su Presidente y sus Ministros, son los Grupos Parlamentarios conformados por los diputados de cada formación política que haya obtenido el número suficiente de votos para estar ahí y aparecen las Mesas y las Comisiones, etc., pero no aparece ningún “Grupo de la Oposición” ni un  “Portavoz de la Oposición”.

Pero he aquí que nuestros noveles partidos políticos (¡todos ellos noveles, pues el mismo PSOE que quiere retrotraerse al siglo diecinueve, no deja de ser una sombra de lo que aquel otro PSOE de Pablo Iglesias fue y el PC histórico ya pasó a mejor o peor vida!), todos ellos, PSOE, IU, PP, ERC, etc. están generando unas formas de relación política y un lenguaje que confunde a los ciudadanos y los confunde a ellos mismos.

Tomo como ejemplo las relaciones que estamos viendo estos últimos seis años entre Gobierno y la llamada Oposición (espacio éste de la Oposición que parece ocuparlo solamente el PP, pues los otros Grupos parlamentarios, aunque estén de vez en cuando contra del Gobierno, no se suelen identificar como tales).

Por cierto, escribo Oposición con mayúscula para comenzar resaltando el excesivo peso que la Oposición está teniendo en España (basta ver lo que hacen las emisoras que no bien ha dicho algo algún representante del Gobierno, se acude de inmediato a contrastarlo con la opinión de la Oposición, como si , de no hacerlo, el mensaje quedara incompleto), precisamente por la falsa e inapropiada función que cree deber asumir  y de hecho está asumiendo y, lo que es peor, por los destrozos que sobre lo político está teniendo en la conciencia social, en la llamada opinión pública.

Porque es el caso que los partidos políticos que no ganan las elecciones, sobre todo el que más cerca se quedó de ganarlas, deberían sentarse en el Congreso de los diputados para hacer política, esto es, para controlar la gestión del Ejecutivo. De donde la palabra  “Oposición” con que se menciona a tales partidos viene a desfigurar su función, ya que se asume que lo que han de hacer es oponerse a todo lo que el Gobierno proponga y, en la práctica política que estamos observando últimamente, eso de oponerse a todo, sea lo que sea, está resultando asunto de vida o muerte, pues se piensa que una oposición que no se opusiera y en esta medida radical estaría tirando la toalla, cuando de lo que se trata es de acosar al Ejecutivo hasta derribarlo. No se trata, pues, de controlar para que la vida ciudadana prospere, para que la Constitución y las demás normas legales se cumplan, para que el Gobierno cumpla las promesas que le llevaron al poder (¡que es lo que las mayorías votaron y a lo que las minorías deberían someterse durante esa legislatura!), sino de deteriorar y entorpecer por todos los medios posibles la gestión del Gobierno y en tal ritmo y profundidad que ese Gobierno se vea incluso obligado a adelantar elecciones por falta de poder y de confianza. Es la táctica no de curar, sino la de hurgar en la herida para que se encone y lleve a la debilitación rotunda del contrario.

Podrá una Oposición decir que sus seis, ocho o diez millones de votantes querían otra gestión diferente, ajustada a otro programa, pero no había ni puede haber un punto ni un mandato en aquel programa electoral que dijera explícitamente: “votaréis en contra de todo, si perdemos las elecciones”, en primer lugar, porque nunca un partido explicita la hipótesis de perder y, en segundo lugar, porque no se puede atar el voto de manera tan irracional en la política que es, cuando es verdadera vida política, el lugar de la discusión, de la argumentación y del acuerdo.

Me da por imaginar lo que sería de un partido como el PP que estuvo cerca de ganar las elecciones, pero que, por cuatro años, le toca controlar, no de oponerse sin más, al Gobierno. E imagino lo que de ese partido sería si, pensando en el bien común llegara, cuando ello lo demandara, a cooperar con el Gobierno. ¿Creemos, acaso, que esto debilitaría la posible alternancia en el poder, si más bien ese PP podría sacar pecho y decir que el Gobierno no ha realizado a solas y sin su apoyo su gestión?

Viendo las relaciones que se dan entre partidos políticos en Alemania, Inglaterra o Italia, pensamos que aquí, en nuestra querida España, las heridas que nos dejó la Guerra Civil no han cicatrizado todavía y no sólo las que dejara la contraposición entre izquierdas y derechas, sino también las que dejara la contraposición entre nacionalismo español centralista y  los nacionalismos separatistas.

La tan mentada Transición de finales de los años setenta del siglo pasado tuvo su mérito y no hay por qué minimizarlo, pero dejó muchos temas y problemas pendientes que, por desgracia, apenas si se están asomando ahora a la vida pública y se balbucea sobre ellos con temor y temblor. Quizás por ello, nuestro parlamentarismo que no es sino una expresión de la posibilidad de diálogo y entendimiento, sea aún tan débil y tan poco ejemplar.

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26 junio 2009 - Posted by | Uncategorized

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